Nos preguntamos cómo se puede llegar a ese punto, qué mentes tan perturbadas pueden hacer daño a un niño o a un bebé. Sin embargo, sin pensarlo dos veces, condenamos a aquellos que creemos que son los culpables.
Los medios ayudan a ello y puede que en ocasiones den informaciones que desdibujan la fina línea que separa la realidad de historias, como estas, que parecen sacadas de una de las novelas de Stieg Larsson.
Bien es cierto que en muchas ocasiones la presunción de inocencia queda vulnerada por los juicios mediáticos que se celebran con anterioridad a la sentencia que dicta el juez.
Ni mucho menos estoy a favor de “lapidar” a una persona por los delitos que “supuestamente” ha cometido. Pero mucho menos estoy a favor del mundo en el que vivimos en este sentido, en el que ya estamos anestesiados ante tantas muertes por violencia de género, abusos sexuales, agresiones, y un largo etcétera.
Nos creemos todo lo que oímos y participamos activamente en los juicios mediáticos y sociales porque ya no ponemos en duda que un adulto pueda matar a un bebé, o que un joven pueda reivindicar cualquier asunto agrediendo a un político. Hay hechos que demuestran que muchas veces la cruda realidad es así, al igual que en muchas otras no lo es y los implicados son juzgados antes de tiempo.
Pero la reflexión no hay que hacerla solo sobre la violación de la presunción de inocencia sino también sobre los valores de una sociedad en la que la muerte, los crímenes, agresiones y violaciones están a la orden del día. ¿Dónde queda entonces nuestra humanidad?
Raquel Gormaz
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